Esta ballena tiene nombre… se llama blanquita y este hombre la bautizó

Entrevista de Joaquín Sanchez Mariño. Revista Gente. 7 de Septiembre de 2010.

Alfredo Lichter se dedica desde hace más de treinta años a proteger el ambiente marino. Conoció a Jacques Cousteau y a Roger Payne, y es el creador y director de la Fundación Ecocentro, desde la cual propone una nueva relación con el océano. Enamorado de Península Valdés, lucha cada día por cuidar a las ballenas.

Llámela Bonafide, porque ése es su nombre desde 1971. La bautizó Roger Payne (el especialista en ballenas más reconocido del mundo), y es uno de los 1200 ejemplares identificables que llega año a año a Península Valdés. Bien podría ser Blanquita o Morena, una de sus siete crías. Pero se puede saber que es Bonafide gracias a sus callosidades, la huella digital de los cetáceos.

Estamos contando la historia de las ballenas en el mar (en un mar), mirada desde la historia de un hombre. Se trata del Alfredo Lichter (55), que está enamorado de la naturaleza desde los quince años y ya a los veinte inició su militancia como ambientalista. Es, además de poeta, fundador y director del Ecocentro de Puerto Madryn, entidad que, entre otras actividades, lleva a cabo el proyecto de Fotoidentificación de Ballena Franca Austral desde embarcaciones turísticas. Esto es: un registro fotográfico minucioso de las ballenas que llegan a la Península cada año, de sus comportamientos, de sus crías, su interacción con los turistas y su recurrencia. Además, claro, las identifican y bautizan.

Sigamos con la historia del hombre. Lichter conoció con el tiempo y la perseverancia a Cousteau (quien le escribió una carta), y al antes mencionado Payne (con quien viajó alrededor del mundo). Jacques-Yves Cousteau (1910-1997) fue un explorador de mar y un aventurero.

Inventó una forma de bucear y recorrió los 7 mares a bordo del Calypso, barco desde el cual llevó a cabo cientos de filmaciones que luego reproduciría en forma de documentales televisivos que cosecharon fanáticos en todos los rincones del planeta. Uno de ellos fue Lichter.

Roger Payne es probablemente el biólogo y ambientalista dedicado a las ballenas más conocido del mundo. Nació en Nueva York en 1935, y en 1967 descubrió el canto de las ballenas jorobadas y el porqué del mismo: la comunicación. Visitó varias veces la Patagonia argentina y a él se le atribuye la primera identificación, nuestra ya presentada Bonafide, que sigue llegando de visita (la ballena franca austral puede vivir más de 100 años). Fue justamente él quien reveló que a este cetáceo se lo puede identificar por sus callosidades. Y fue también quien invitó a Alfredo a viajar por el mundo, a estudiar las ballenas, a ir por el mar “estando”.

Entonces llegó el 2000, año en el que Lichter inició su propia obra: el Ecocentro de Puerto Madryn. ¿Museo? ¿Centro de Interpretación? Ni él lo sabe. La Fundación es un proyecto desestructurado que propone otra mirada de la naturaleza, fusionando la información científica con la experiencia sensible. Una especie de museo a lo Macedonio Fernández, donde la metafísica y la poesía encuentran tanto rigor o fuerza como la ciencia. Y ahora, además, cuenta con una sala de última generación donada por la Fundación YPF (que invirtió cerca de 100 mil dólares); en la que se puede espiar y escuchar a una ballena de tamaño real. Se trata de una animación proyectada por ventanas que acercan al hombre al fondo del océano.

Pero todas estas historias no serían nada sin la existencia previa del mar, infinito, infranqueable, misterioso. Ese mar que siempre estuvo y era.

-Lichter, ¿cómo nace el Ecocentro?

-Nace de un poema de Borges (El mar), que se pregunta: “¿Quién es el mar, quién soy?”. Es decir: personifica al mar. Y se trata de eso, porque es un ente vivo.

-Bueno, también dice que quien mira al mar lo ve siempre por primera vez.

-Claro, por ese misterio que nos imposibilita conocerlo del todo.

-¿De dónde viene su amor por las ballenas?

-Siempre me gustó la naturaleza. Conocí esta zona (Península Valdés) a fines de los 60′. Me hice muy amigo del especialista en ballenas probablemente más reconocido de todo el mundo, Roger Payne. Después viajé mucho con él.

-¿Qué sabía en ese entonces del océano?

-Yo era un fanático de Cousteau. Además estudié Biología, pero no me interesó. A mí me gustaba el cruce de disciplinas, no la carrera. Y tuve la suerte de conocer al explorador francés. Tengo una carta que él me envió, increíble, emocionante para mí.

-Tiene una percepción bastante sentimental, sensible, de su vocación.

-Mi acercamiento fue a través de la poesía. Tengo una mirada poética que no es romántica, sino una mirada sin estructuras, libre, sin fragmentar. Me han inspirado más los poetas que los científicos.

-El Ecocentro tiene un parecido a las casas de Neruda: está todo dispuesto para que se pueda contemplar el mar.

-El chileno tuvo mucho que ver en mi relación con el mar, fue una inspiración en ese aspecto. Es un poeta con una relación con el mar extraordinaria y una aproximación casi cotidiana, no desde arriba, desde el que sabe todo, sino siendo el ser humano que está en contacto con ese lugar.

-Se para frente al océano como observador, no como dueño.

-Claro. Nosotros creemos que lo importante es revisar el comportamiento frente a la naturaleza. Después se pueden poner reglamentaciones, prohibiciones… pero si la sociedad no se replantea su forma de ser, la va a pasar mal.

-¿Por qué eligió Madryn para ubicar el Ecocentro?

-La Península es un lugar desolado, con algunos puntitos de vida. Vos recorrés kilómetros y kilómetros y no hay nada. Y en general la vida es así: se concentra en sitios puntuales. Pero uno cree que está desparramada. Por ejemplo, está la idea de que en todo el océano hay vida, y no: hay oasis; en otros lugares no hay absolutamente nada.

-La nueva sala simula uno de esos oasis.

-La sala va en otra dirección que la habitual. Durante muchísimo tiempo el paradigma era dar información seguida de información. Y está muy bien, pero nosotros elegimos ir hacia la incertidumbre. Nos sentimos cómodos en la incertidumbre, habitando el misterio que generan las ballenas.

-¿Enseñar desde lo sensible?

-Si se trata de sensibilizar, ¿cómo dejar de lado las artes, la música, el arte plástico, la poesía…? La gente está acostumbrada al entretenimiento que cambia rápidamente, y nosotros vamos por otro lado: tratamos de hacer entender algo. Hoy las consecuencias de maltratar al mar están cerca. Tienen que nacer individuos que entiendan que somos habitantes del mundo, no sus propietarios.

-¿Qué feedback reciben de la gente?

-Nadie se va de acá agradeciendo porque le hayamos revelado el mundo de las ballenas, sino que nos agradecen por la paz, la tranquilidad. Tomamos al Ecocentro como un templo, un lugar de reflexión. Los que se conectan se quedan horas. ¿Haciendo qué? Estando.

-Mirando el mar por primera vez, siempre.

-Que es mirar el infinito, pero no con la voluntad de conocer y saber más, sino con la voluntad de habilitarlo. Habitar el infinito. Y en ese infinito están las ballenas, estamos nosotros, la vida y el mundo. Esa es un poco la mirada poética de esta propuesta.

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